Dos jarrones exactamente iguales: mismo tamaño, mismo barro, mismo esmalte. Uno acaba de salir de una tienda. El otro tiene cien años, una grieta reparada, y perteneció a alguien cuyo nombre ya nadie recuerda.
Durante mucho tiempo el aburrimiento se trató como un problema que había que resolver. Hoy sabemos que puede cumplir una función importante en procesos relacionados con la creatividad, la introspección y la regulación de la atención.
Cuatro lugares completamente distintos y un mismo gesto: convertir el color en parte de la identidad de una ciudad. No es casualidad ni es solo estética. Cada una desarrolló su paleta por razones concretas. Religión, jerarquía social, clima, orientación o memoria. Y detrás de esos colores hay algo que revela cómo construimos identidad colectiva.