¿Qué pasa en tu cerebro cuando te aburres?
¿Qué ocurre en nuestro cerebro cuando no tiene nada que hacer y qué estamos perdiendo ahora que esos momentos son cada vez menos frecuentes?
Durante mucho tiempo el aburrimiento se trató como un problema que había que resolver. Hoy sabemos que puede cumplir una función importante en procesos relacionados con la creatividad, la introspección y la regulación de la atención.
El aburrimiento no es lo que parece
El psicólogo John Eastwood, de York University, ha estudiado durante años qué significa realmente estar aburrido. Su definición va más allá de simplemente “no tener nada que hacer”.
Eastwood describe el aburrimiento como ese estado incómodo en el que queremos involucrarnos en una actividad satisfactoria, pero no conseguimos dirigir nuestra atención hacia algo que nos resulte significativo.
Visto de esta manera, el aburrimiento funciona como una señal. El cerebro detecta que aquello que estamos haciendo no consigue mantener nuestro interés y nos impulsa a buscar otra cosa.
El problema es que hoy tenemos una respuesta extraordinariamente eficiente para apagar esa sensación: sacar el celular.
Qué hace tu cerebro cuando aparentemente no hace nada
Cuando dejamos de concentrarnos en una tarea externa, el cerebro no se apaga. Entra en juego una serie de regiones conocida como red neuronal por defecto, o default mode network (DMN), estudiada ampliamente por el neurólogo Marcus Raichle y su equipo desde comienzos de los años 2000.
Esta red está relacionada con procesos como recordar experiencias, imaginar situaciones futuras, reflexionar sobre nosotros mismos y conectar pensamientos que aparentemente no tienen relación entre sí.
Es lo que ocurre cuando miramos por la ventana, caminamos sin escuchar nada o simplemente dejamos que nuestra mente avance sin una tarea específica que resolver.
Por eso, esos momentos que desde afuera parecen improductivos pueden esconder bastante actividad mental. El cerebro simplemente está trabajando de una manera diferente.
La relación entre aburrimiento y creatividad
En 2012, Benjamin Baird y su equipo investigaron si permitir que la mente divagara podía influir en la creatividad.
Los participantes realizaron distintas actividades antes de regresar a un problema creativo. Quienes habían pasado por una tarea sencilla y monótona, que permitía que sus pensamientos se desviaran libremente, mostraron una mejora mayor al volver al ejercicio.
El hallazgo ayuda a explicar una experiencia bastante común: algunas ideas aparecen precisamente cuando dejamos de buscarlas.
Una solución puede surgir caminando, bañándonos o haciendo una tarea automática porque el cerebro continúa estableciendo conexiones aunque nuestra atención consciente ya no esté concentrada en el problema.
La psicóloga Sandi Mann encontró resultados similares utilizando tareas deliberadamente aburridas. En uno de sus experimentos, algunos participantes tuvieron que copiar números de una guía telefónica antes de realizar una prueba de creatividad.
Después del tedio, generaron más ideas y algunas fueron consideradas más originales que las del grupo que había pasado directamente al ejercicio creativo.
La explicación propuesta por Mann es que, cuando el entorno deja de proporcionarnos suficientes estímulos, la mente empieza a buscarlos internamente. Esa divagación puede facilitar asociaciones que difícilmente aparecerían mientras estamos concentrados en consumir información externa.
El problema de llenar todos los espacios vacíos
Aquí es donde entra el celular.
Esperar unos minutos, hacer una fila o recorrer un trayecto corto solían contener pequeños periodos en los que simplemente no había demasiado que hacer. Hoy cualquiera de esos espacios puede llenarse inmediatamente con mensajes, videos, noticias, música o redes sociales.
Eso no significa que mirar el teléfono sea perjudicial cada vez que estamos esperando. El cambio importante está en la frecuencia.
Hemos conseguido reducir enormemente la cantidad de momentos cotidianos en los que la mente queda sin una fuente inmediata de estimulación externa.
Y si cada aparición del aburrimiento termina automáticamente en una pantalla, también reducimos las oportunidades para que la atención se desplace hacia nuestros propios pensamientos.
Aburrirse tampoco significa ser más feliz
La historia, sin embargo, tiene un matiz importante. Dejar que la mente divague no siempre se siente bien.
Matthew Killingsworth y Daniel Gilbert estudiaron a más de 2,000 personas durante su vida cotidiana y encontraron que la mente se desviaba de la actividad presente durante una parte considerable del tiempo.
También observaron que esos momentos estaban asociados con niveles más bajos de felicidad inmediata.
Esto podría parecer contradictorio con los estudios sobre creatividad, pero en realidad habla de dos cosas diferentes. Una experiencia puede ser incómoda en el momento y aun así cumplir una función útil.
La creatividad, la introspección y el bienestar inmediato no necesariamente aparecen al mismo tiempo.
Precisamente ahí está parte del atractivo del teléfono: ofrece una forma instantánea de escapar de esa pequeña incomodidad. En segundos podemos pasar de no saber qué hacer a tener una cantidad prácticamente infinita de estímulos frente a nosotros.
Lo que podemos estar perdiendo
El problema es que las consecuencias de eliminar esos espacios son difíciles de percibir.
No sabemos qué idea habría aparecido durante los diez minutos de camino a casa si no hubiéramos abierto una aplicación. Tampoco podemos medir fácilmente qué pensamientos dejamos de tener porque llenamos cada pausa con información.
La introspección necesita momentos en los que no estemos reaccionando constantemente a estímulos externos. La creatividad también puede beneficiarse de periodos en los que un problema queda aparentemente abandonado mientras el cerebro continúa trabajando en segundo plano.
Esto no significa que debamos convertir el aburrimiento en otra práctica de bienestar que haya que programar y optimizar. Probablemente sería contradictorio.
Puede ser suficiente con dejar de combatir cada pequeño momento de vacío.
Esperar el ascensor sin sacar inmediatamente el teléfono, caminar algunos minutos sin escuchar nada o simplemente mirar alrededor mientras hacemos una fila pueden parecer acciones irrelevantes.
Pero quizá esos espacios que hemos aprendido a llenar eran también algunos de los pocos momentos del día en los que el cerebro tenía libertad para decidir por sí mismo hacia dónde quería ir.
La pregunta entonces no es si aburrirse es agradable, porque muchas veces no lo es. La pregunta es otra:
¿Realmente necesitamos escapar de esa sensación cada vez que aparece?