Por qué existen ciudades pintadas de un solo color (y qué dice eso de quienes las habitan)
Chefchaouen, Jodhpur, Burano, Guatapé.
Cuatro lugares completamente distintos y un mismo gesto: convertir el color en parte de la identidad de una ciudad.
No es casualidad ni es solo estética. Cada una desarrolló su paleta por razones concretas. Religión, jerarquía social, clima, orientación o memoria. Y detrás de esos colores hay algo que revela cómo construimos identidad colectiva.
Chefchaouen: el azul que nadie puede explicar del todo
Chefchaouen, en el norte de Marruecos, es probablemente una de las ciudades azules más fotografiadas del mundo.
Pero nadie sabe con certeza por qué es azul.
Una de las teorías más conocidas sostiene que la tradición llegó con refugiados judíos que se instalaron allí durante el siglo XX. En la tradición judía, el azul está relacionado con el cielo y lo divino.
Otra explicación asegura que el color ayudaba a repeler mosquitos.
Y existe una tercera versión mucho menos romántica: que el azul comenzó a promoverse décadas después como una manera de atraer turismo.
Ninguna ha sido confirmada definitivamente.
Lo curioso es que la tradición continúa incluso sin una explicación única. La comunidad sigue repintando las fachadas y el azul se convirtió en parte inseparable de la identidad de Chefchaouen.
A veces una tradición puede sobrevivir incluso cuando olvidamos exactamente cómo comenzó.
Burano: encontrar tu casa entre la niebla
Burano, en la laguna de Venecia, funciona de manera completamente distinta.
Aquí no existe un solo color. Existe una explosión de ellos.
Rosa, amarillo, verde, azul, naranja. Las casas forman una especie de mosaico donde cada fachada intenta diferenciarse de la siguiente.
La explicación tradicional está relacionada con los pescadores.
Durante las mañanas de niebla necesitaban distinguir sus casas desde el agua, por lo que comenzaron a utilizar colores intensos para reconocerlas a distancia.
Hay incluso una versión más divertida: que los colores ayudaban a los pescadores que regresaban después de beber a identificar cuál era su casa.
Sea cual sea el origen exacto, la costumbre terminó convirtiéndose en una tradición protegida.
Hoy no puedes simplemente elegir cualquier color para pintar una casa en Burano. Los cambios de fachada deben ser aprobados para conservar la armonía cromática de la isla.
Lo que empezó como orientación terminó convertido en patrimonio.
Jodhpur: cuando el color marcaba quién eras
En Jodhpur, India, el azul cuenta una historia diferente.
La tradición sostiene que fueron los brahmanes, miembros de la casta sacerdotal, quienes comenzaron a pintar sus casas de azul para distinguirlas del resto de la población.
Aquí el color no nació como una expresión estética, sino como una forma de marcar jerarquía social.
Con los años esa función desapareció y el azul comenzó a extenderse por otras viviendas hasta convertirse en parte de la identidad visual de toda la ciudad.
También existían razones prácticas. Algunos pigmentos utilizados en las fachadas ayudaban a combatir termitas y las superficies claras resultaban útiles frente al intenso calor del desierto.
Hoy todas esas explicaciones conviven.
El color que alguna vez separó a una parte de la población terminó identificando a una ciudad entera.
Guatapé: cuando una fachada cuenta quién vive dentro
Guatapé, en Colombia, hace algo diferente.
Sus casas no se reconocen únicamente por el color, sino por sus zócalos, relieves decorativos ubicados en la parte inferior de las fachadas.
Hay flores, animales, paisajes, chivas tradicionales, escenas del campo y representaciones de diferentes oficios.
Cada casa cuenta algo.
Un zócalo puede hablar de la profesión de una familia, de una tradición local o simplemente de aquello que sus habitantes consideran importante.
Por eso caminar por Guatapé se parece un poco a leer un libro ilustrado sobre la comunidad.
Aquí el color no sirve únicamente para decorar una fachada.
Sirve para dejar memoria.
Existe una geografía del color
En la década de 1960, el colorista francés Jean Philippe Lenclos comenzó a estudiar por qué diferentes regiones desarrollaban paletas cromáticas tan particulares.
Su método consistía en observar directamente los territorios y recolectar referencias de fachadas, puertas, tejas, piedras y materiales locales.
Su conclusión fue sencilla pero poderosa: los colores de un lugar rara vez aparecen por casualidad.
La geología, los materiales disponibles, el clima y las costumbres terminan creando una identidad cromática propia.
Lenclos llamó a esta idea géographie de la couleur, geografía del color.
Una región podía terminar siendo rojiza por la composición de su arcilla. Otra utilizaba tonos claros para soportar mejor el sol. En otros lugares el color servía para distinguir clases sociales, reconocer una vivienda o representar una tradición.
Chefchaouen, Jodhpur, Burano y Guatapé encajan perfectamente en esa lógica.
El color llegó resolviendo algo y, con el tiempo, terminó convirtiéndose en belleza.
Lo que el color pierde frente a la cámara
Pero hay algo que cambió.
La fotografía y las redes sociales transformaron muchas de estas ciudades en destinos buscados precisamente por su apariencia.
Una calle que durante generaciones fue simplemente el lugar donde alguien vivía puede convertirse de repente en un punto marcado en Google Maps como “el lugar perfecto para una foto”.
Y ahí ocurre algo curioso.
El azul deja de hablar de religión, clima o tradición.
El color de Burano deja de ayudar a encontrar una casa.
El zócalo deja de contar la historia de una familia.
Todo se convierte en fondo.
Ninguna de estas tradiciones nació pensando en una fotografía. Existían mucho antes de Instagram y funcionaban sin necesitar una cámara frente a ellas.
Quizás por eso, cuando viajamos a lugares como estos, vale la pena hacer algo antes de tomar la foto.
Preguntar por qué.
Porque la pregunta más interesante no es qué ciudad tiene los colores más bonitos, sino qué ocurre cuando seguimos admirando sus colores, pero dejamos de preguntarnos qué significan.