¿Por qué las civilizaciones antiguas construían mirando a las estrellas?
Mucho antes de los telescopios, los calendarios impresos o los satélites GPS, las civilizaciones antiguas ya habían aprendido a leer el cielo con una precisión sorprendente.
El movimiento del Sol, la Luna y las estrellas podía determinar cuándo sembrar, cuándo cosechar, cuándo celebrar una ceremonia e incluso cuándo coronar a un gobernante. Pero algunas culturas fueron todavía más lejos: convirtieron ese conocimiento en arquitectura.
Pirámides, templos y monumentos fueron orientados para relacionarse con solsticios, equinoccios y otros acontecimientos celestes. Hoy, la disciplina que estudia esa relación se conoce como arqueoastronomía.
Y algunos de sus ejemplos más fascinantes llevan miles de años frente a nosotros.
Chichén Itzá y la serpiente que aparece con el Sol
Uno de los casos más famosos está en Chichén Itzá, en la península de Yucatán.
El Castillo, la gran pirámide dedicada a Kukulcán, tiene cuatro escalinatas con 91 escalones cada una. Si se suma la plataforma superior, el resultado es 365, el mismo número de días del año solar y del calendario civil maya conocido como Haab.
Pero su fenómeno más conocido ocurre cerca de los equinoccios de marzo y septiembre.
Cuando el Sol comienza a bajar, las aristas de la pirámide proyectan sombras triangulares sobre una de sus escalinatas. Poco a poco, las sombras parecen formar el cuerpo de una serpiente que desciende hasta encontrarse con una cabeza de Kukulcán tallada en piedra.
El espectáculo atrae a miles de personas cada año, aunque existe un matiz importante.
Los arqueoastrónomos todavía discuten hasta qué punto este efecto fue diseñado específicamente para coincidir con el equinoccio. La serpiente también puede observarse durante días cercanos a esa fecha, por lo que algunos investigadores consideran que parte del fenómeno podría ser consecuencia de la orientación general del edificio.
Lo que prácticamente no se discute es algo más amplio: los mayas poseían un conocimiento astronómico extraordinariamente sofisticado y lo incorporaban a su arquitectura, sus calendarios y su vida religiosa.
Stonehenge y un amanecer de hace miles de años
En Inglaterra, Stonehenge plantea una pregunta parecida.
El monumento comenzó a construirse alrededor del 3000 a.C. y sus enormes piedras fueron colocadas varios siglos después. Algunas pesan decenas de toneladas y tuvieron que ser transportadas desde kilómetros de distancia.
Pero además de moverlas, sus constructores parecen haber prestado especial atención a dónde las colocaban.
Desde el centro del monumento, el amanecer del solsticio de verano aparece cerca de la llamada Heel Stone. En la dirección contraria, el eje coincide con la puesta de Sol del solsticio de invierno.
Durante décadas se debatió si Stonehenge había funcionado como una especie de observatorio astronómico.
En los años sesenta, el astrónomo Gerald Hawkins llegó a describirlo como una especie de “computadora neolítica” capaz de marcar diferentes acontecimientos solares y lunares. Otros arqueólogos consideraron que sus cálculos exageraban la precisión de las alineaciones.
La interpretación actual es más cautelosa.
La relación con los solsticios parece importante, pero Stonehenge probablemente no fue simplemente un observatorio. También fue un espacio ceremonial y social donde diferentes comunidades se reunían en momentos específicos del año.
Curiosamente, la evidencia arqueológica sugiere que el solsticio de invierno pudo haber tenido incluso más importancia para sus constructores que el famoso solsticio de verano que hoy atrae a miles de visitantes.
Abu Simbel: cuando el Sol entra al templo
En el sur de Egipto existe un ejemplo todavía más espectacular.
El gran templo de Ramsés II en Abu Simbel, construido en el siglo XIII a.C., fue excavado directamente en una montaña.
Dos veces al año, la luz del Sol atraviesa el acceso del templo y recorre su interior hasta alcanzar el santuario situado al fondo.
Allí ilumina las figuras de Ramsés II, Ra y Amón, mientras Ptah, una divinidad relacionada con el mundo subterráneo, permanece en la oscuridad.
El fenómeno demuestra hasta qué punto la orientación del edificio y el movimiento solar fueron considerados durante su construcción.
Hay, además, un detalle extraordinario: Abu Simbel ya no está en su ubicación original.
Durante la década de 1960, la construcción de la presa de Asuán amenazaba con dejar el complejo bajo el agua. En una enorme operación internacional coordinada por la UNESCO, el templo fue cortado en grandes bloques y trasladado a un terreno más elevado.
El monumento cambió de lugar, pero el efecto solar logró conservarse casi intacto.
Miles de años después de su construcción, el Sol todavía entra en el templo.
Cuando mirar al cielo también era una forma de poder
Chichén Itzá, Stonehenge y Abu Simbel pertenecen a culturas que nunca tuvieron contacto entre sí. Sin embargo, todas hicieron algo parecido: utilizaron el cielo para organizar lo que ocurría en la Tierra.
Y quizá esa sea la parte más interesante.
Para nosotros, el cielo puede ser algo que observamos. Para muchas civilizaciones antiguas era también calendario, reloj, herramienta agrícola, espacio religioso y fuente de legitimidad política.
Una ceremonia podía relacionarse con el Sol. Un templo podía iluminarse en un momento específico del año. Un monumento podía señalar el cambio de las estaciones mucho antes de que existieran los calendarios modernos.
La arquitectura no solamente ocupaba un lugar dentro del paisaje. Intentaba conectar el orden humano con un orden mucho más grande.
Miles de años después seguimos intentando descifrar qué alineaciones fueron intencionales y cuáles pudieron ser coincidencias.
Pero quizás lo verdaderamente fascinante no sea descubrir si cada piedra apuntaba exactamente hacia una estrella.
Es recordar que hubo un momento en nuestra historia en el que mirar hacia arriba era una forma de saber cuándo sembrar, cuándo celebrar, en qué momento del año estábamos y, en algunos casos, quién tenía derecho a gobernar.