¿Quemar grasa, reducir estrés y vivir mejor? La verdad sobre el frío
La exposición al frío sí provoca cambios reales y medibles en el cuerpo. El problema es que la ciencia detrás de esos cambios rara vez coincide exactamente con lo que vemos en redes.
La primera reacción no es calma, es alarma
Cuando el agua fría toca la piel, el cuerpo no lo interpreta como relajación, sino como una amenaza a su temperatura interna.
Se activa el sistema nervioso simpático, los vasos sanguíneos periféricos se contraen para conservar calor y aumenta la liberación de sustancias como la noradrenalina y el cortisol.
Un estudio de Šrámek y colaboradores (2000) encontró que una hora de inmersión en agua a 14 °C produjo aumentos importantes de noradrenalina y dopamina. Eso no significa que una ducha fría de 30 segundos genere el mismo efecto, pero sí confirma algo importante: el frío funciona inicialmente como un estímulo de estrés, no como un sedante.
Y tiene sentido. Nuestro sistema nervioso no sabe que estamos entrando voluntariamente a una tina de hielo. Para el cuerpo, una caída importante de temperatura sigue siendo una posible amenaza.
El descubrimiento más interesante: la grasa parda
Aquí aparece uno de los argumentos favoritos del biohacking: que el frío “activa el metabolismo”.
Parte de esta idea tiene fundamento.
A diferencia de la grasa blanca, que almacena energía, la grasa parda o tejido adiposo marrón (BAT) puede utilizar energía para producir calor mediante un proceso llamado termogénesis.
Durante años se pensó que prácticamente desaparecía después de la infancia. Pero en 2009 varios estudios publicados en The New England Journal of Medicine demostraron que los adultos todavía conservamos depósitos activos de este tejido y que el frío puede estimularlos.
La investigadora Susanna Søberg profundizó en este fenómeno en 2021 comparando hombres acostumbrados a nadar en agua fría con personas sin esa práctica.
El resultado fue especialmente interesante: los nadadores no tenían necesariamente más grasa parda, sino una regulación diferente y una mayor capacidad de generar calor frente al frío.
En otras palabras, la exposición repetida parece entrenar la manera en que el cuerpo responde al frío más que multiplicar mágicamente el tejido que quema energía.
Entonces, ¿el frío ayuda a adelgazar?
Aquí es donde la evidencia se separa del marketing.
Sí, la grasa parda utiliza energía para producir calor. Pero la cantidad que tenemos es relativamente pequeña y su actividad varía mucho entre personas.
Hasta ahora, no existe evidencia sólida de que tomar duchas frías o realizar baños de hielo, por sí solos y sin cambios en alimentación o actividad física, produzca una pérdida significativa de grasa corporal.
Y sobre el famoso “detox”, la evidencia es todavía más clara: no existe un mecanismo demostrado por el cual una ducha fría elimine toxinas del organismo. Esa función pertenece principalmente al hígado y los riñones.
Tiritar no es desintoxicarse. Es termorregularse.
¿Y realmente fortalece el sistema inmune?
Aquí la respuesta es más interesante.
Un ensayo publicado en PLOS One en 2016 estudió a más de 3,000 personas que terminaban sus duchas con 30, 60 o 90 segundos de agua fría.
Los participantes reportaron aproximadamente 29% menos ausencias laborales por enfermedad.
Suena impresionante, hasta que se observa otro dato: no tuvieron significativamente menos días sintiéndose enfermos.
Es decir, el frío no necesariamente evitó que se enfermaran. Es posible que haya influido en cómo percibían su energía, resistencia o capacidad para continuar con sus actividades.
Otro conocido estudio publicado en PNAS analizó el método Wim Hof y encontró cambios en la respuesta inflamatoria. Sin embargo, el protocolo combinaba frío, respiración intensa y meditación, por lo que no es correcto atribuir esos resultados exclusivamente a las bajas temperaturas.
Quizás estamos mirando el beneficio equivocado
La parte más interesante del frío podría no estar en las calorías que quema, sino en lo que entrena.
La exposición deliberada al frío funciona como un pequeño estrés controlado. Durante unos minutos obliga al cuerpo a activar mecanismos que regulan temperatura, circulación y respuesta al estrés.
Con la repetición, el organismo puede adaptarse.
Este fenómeno forma parte de lo que se conoce como hormesis: pequeñas dosis de estrés que generan respuestas adaptativas.
Por eso, pensar en el baño de hielo únicamente como una herramienta para adelgazar probablemente sea quedarse con la parte menos interesante de la historia.
No es un botón de detox. Tampoco es un atajo metabólico ni una garantía de no enfermarse.
Puede ser, en cambio, una manera deliberada de exponernos a una incomodidad controlada y observar cómo aprendemos a responder a ella.
Quizás la pregunta antes de entrar en una tina de hielo no debería ser:
“¿Cuántas calorías voy a quemar?”
Sino:
“¿Qué estoy entrenando?”
Porque, según la evidencia disponible, el efecto más interesante del frío podría tener mucho menos que ver con la báscula y mucho más con la capacidad del cuerpo y de la mente para enfrentarse al estrés.