Por qué algunos lugares nos hacen sentir "más nosotros mismos" (y la psicología lo explica)

No es sugestión ni es simple nostalgia de viaje.

Durante casi medio siglo, la psicología ambiental ha estudiado por qué ciertos lugares generan una sensación muy concreta: menos autovigilancia, más claridad, una especie de reconocimiento personal que no depende del lujo ni de la belleza del paisaje. La pregunta que sostiene esa investigación es exactamente la que titula este artículo: ¿por qué, en algunos sitios, sentimos que dejamos de actuar y empezamos, simplemente, a ser?

El concepto que le puso nombre a esa sensación

En 1978, el psicólogo ambiental Harold Proshansky publicó “The City and Self-Identity” en la revista Environment and Behavior, donde propuso que una parte de nuestra identidad no vive solo en la memoria o en las relaciones: vive en los lugares. Cinco años después, junto con Abbe Fabian y Robert Kaminoff, formalizó el concepto en Journal of Environmental Psychology bajo el nombre de place-identity: “aquellas dimensiones del yo que definen la identidad personal en relación con el entorno físico”, a través de un patrón complejo de ideas, sentimientos, valores y conductas asociadas a un entorno específico (Proshansky, Fabian & Kaminoff, 1983).

Lo que ocurre en los lugares que de verdad restauran

Proshansky explicó por qué existe el vínculo, pero fue el psicólogo finlandés Kalevi Korpela quien documentó qué pasa exactamente en los lugares que la gente describe como “los míos”. En 2001, junto con Terry Hartig, Florian Kaiser y Urs Fuhrer, publicó en Environment and Behavior un estudio en el que 101 estudiantes universitarios describieron su lugar favorito y otros 98 describieron un lugar que les resultaba desagradable.

El hallazgo central: los entornos naturales dominaban ampliamente entre los lugares favoritos y casi no aparecían entre los desagradables. Pero lo más relevante no fue el paisaje en sí, sino cuatro cualidades que los investigadores midieron siguiendo la teoría de la restauración atencional del psicólogo Stephen Kaplan (Kaplan, 1995, Journal of Environmental Psychology): estar lejos (being away, la sensación de distancia psicológica de las demandas cotidianas), fascinación (atención involuntaria y sin esfuerzo), coherencia (un entorno que se entiende sin decodificar) y compatibilidad (que el lugar se ajuste a lo que uno quiere o necesita hacer ahí). De las cuatro, “estar lejos” y “compatibilidad” fueron las que más diferenciaron los lugares favoritos de los desagradables. Kaplan había propuesto que la fatiga de atención dirigida, el cansancio mental que acumulamos al concentrarnos, filtrar distracciones y tomar decisiones todo el día, se recupera precisamente en entornos con esas cuatro cualidades. Korpela y su equipo confirmaron que ese tipo de restauración ocurre, sobre todo, en los lugares que cada persona ya considera propios.

Por qué elegimos destinos que se parecen a quienes somos

Hay una tercera pieza que conecta esta idea directamente con los viajes. El profesor M. Joseph Sirgy, junto con Chenting Su, desarrolló la teoría de la self-congruity aplicada al turismo, sintetizada en un estudio de referencia publicado en Journal of Travel Research (Sirgy & Su, 2000). Su planteamiento: los viajeros no eligen destinos solo por atractivos objetivos, sino por qué tan congruente perciben la imagen de ese lugar con su propio autoconcepto, quiénes son o quiénes querrían ser. A mayor congruencia percibida, mayor satisfacción con el viaje y mayor intención de regresar.

Esto explica algo que casi todo viajero reconoce, pero rara vez articula: dos personas pueden visitar exactamente el mismo pueblo y una sentir que “encajó” mientras la otra lo describe como “bonito pero ajeno”. No midieron el lugar de forma distinta. Midieron, sin saberlo, la distancia entre ese lugar y su propia identidad.

Qué tienen en común los lugares que nos devuelven a nosotros mismos

Juntando estos tres marcos —identidad de lugar, restauración atencional y autocongruencia— aparece un patrón más preciso que el de “buenos” o “bonitos” destinos. Los lugares que las personas describen como los que más las hacen sentir ellas mismas tienden a compartir rasgos concretos: un ritmo que no exige acelerar el paso propio, una estética que no impone actuar un papel social determinado, normas menos rígidas sobre cómo comportarse en público y espacio real para el silencio sin que se perciba como incómodo.

No es casualidad que, en estudios cualitativos de psicología ambiental, aparezcan con frecuencia ejemplos como pueblos pequeños y caminables, ciudades con una estética visual coherente, entornos naturales abiertos sin sobrecarga de estímulos, o culturas donde detenerse no necesita justificarse. No son lugares objetivamente superiores. Son, siguiendo a Kaplan y a Korpela, entornos que piden menos esfuerzo atencional y, siguiendo a Sirgy, entornos cuya imagen no contradice quién la persona cree ser.

Cómo se nota en el cuerpo, no solo en la teoría

Ninguno de estos marcos requiere un laboratorio para notarse. Korpela y Kaplan describen la restauración atencional como algo medible en la experiencia subjetiva de la persona, no solo en un cuestionario: menos necesidad de planear cada movimiento, una respiración que se vuelve más lenta sin proponérselo, la sensación de que ya no hace falta decidir qué versión de uno mismo mostrar en la siguiente conversación. Proshansky señalaba algo parecido desde otro ángulo: la identidad de lugar suele pasar inadvertida precisamente porque, cuando está presente, no exige nada de nosotros. Se nota mucho más rápido su ausencia —esa incomodidad difusa de estar en un sitio que “se ve bien” pero donde cada gesto parece requerir permiso— que su presencia.

Por eso, tras un viaje, muchas personas recuerdan con más nitidez cómo se sintieron que lo que efectivamente visitaron. No es fallo de memoria: es que el cuerpo, más que el itinerario, fue el que registró si ese lugar era compatible con quien lo habitaba por unos días.

Lo que la ciencia todavía no explica del todo

Vale la pena decir también lo que estos marcos no resuelven. La congruencia percibida es, por definición, subjetiva: el mismo pueblo del sur de Francia puede restaurar a una persona y resultarle plano a otra. Y la investigación de Korpela se hizo con estudiantes universitarios finlandeses en los años noventa, una muestra que no representa automáticamente cómo funciona esto en otras culturas o generaciones. La ciencia ambiental ofrece un marco sólido para entender por qué ocurre la sensación, no una fórmula para encontrar el lugar correcto.

Un cierre distinto

Quizás la pregunta útil no sea cuál es el lugar perfecto, porque ese lugar no existe fuera de quien lo habita. La pregunta más honesta es qué tan seguido nos permitimos estar en entornos que no nos piden actuar. Viajar, bajo esta luz, deja de ser solo la búsqueda de lo nuevo: es, a veces, una forma indirecta de auditar cuánto esfuerzo nos cuesta, en el día a día, sostener la versión de nosotros mismos que mostramos afuera.